AL ÁRBOL CAIDO SE MIDE MEJOR
AL ÁRBOL CAIDO SE MIDE MEJOR
En honor de mi hermano Alberto Carranco Damián
Aún te veo llegar en tu caballo de palo, trotando por el patio de la casa de mi tía Mela, agarrado de la rienda de mecate pegada por un clavo, cómo hacías relinchar tu caballo, pues tenías esa gracia de hacernos creer que en verdad era un gran caballo y tú un gran jinete;
recuerdo, como si fuera ayer, cómo estacionabas tu cuaco al pie de la pared de la barda que dividía el patio de mi abuela, por si surgía alguna emergencia a la hora de perseguir a los bandoleros, cuando jugabas al Sheriff, eras el gatillo más rápido apuntando con tus dedos índice y pulgar que hacía las veces de pistola, pero lo más impresionante era la forma en que simulabas con la boca los disparos que hacía tu arma. Así también baja a mi memoria tu pasión por los cuentos de “el Santo y el Llanero Solitario”, aún te veo postrado en el pretil aquél de la casa de mis primos Pineda Bruno, soltando aquellas carcajadas que tanto te caracterizaron. Después quiero remontarme hasta el día aquél en Ciudad Universitaria, en que jugando juntos con el equipo del Instituto de Ingeniería nos enfrentamos al Zirándaro y le metiste un gol, nunca lo olvidamos cada que platicábamos de futbol porque era el primero que hacías a ese nivel amateur, nunca había visto a nadie festejar los goles como tú lo hacías, con esa alegría súbita tan tuya que nunca te dejó y te hacían tan especial, sin dejar atrás aquel gol de taconcito que le metiste al equipo del pueblo que se ubica a un lado de Toluca y que hoy no recuerdo el nombre, pero cómo bailaste de gusto al ritmo de la banda que tocaba en ese momento. Cómo olvidar los paseos, las lunadas, las serenatas y las noches de bohemia tocando la guitarra juntos, cuánta alegría derramada en el camino, incomparables momentos llenos de esperanzas y satisfacciones encontradas en nuestro andar lleno de camaradas y amigos contemporáneos, cuántas cosas compartidas inolvidables esfumadas en un instante como hoy. Tu risa se esparce por todos los rincones de tu pueblo, las calles y los portales te buscan sin encontrarte, el silencio te llama a su paso, los dos ríos claman tu ausencia como nosotros, tu guitarra calla en señal de luto, las campanas repican en tu nombre, las parvadas de pájaros vespertinos desfilan haciendo guardia en tu honor, el viento te acaricia más suave que nunca como diciéndote adiós, pero yo te recuerdo montado en tu caballo de palo, con esa risa de niño que contagia al que la escuche, me siento muy orgulloso de ti, bien lo sabes, me despido con las mismas palabras que te dije la última vez que hablamos…”te quiero mucho cabroncito”.
Hubie
