e Palemón El Campeón
Palemón El Campeón
Cuento
Dr. J. Rafael Pineda Torres
En La Tierra caliente cuna de mis padres, mi abuelo poseía una hacienda, tuvo muchos hijos dotados de una personalidad muy singular y Palemón El Campeón no era la excepción.
El abuelo con frecuencia organizaba jaripeos en su hacienda para agasajar a sus invitados y sus hijos eran las estrellas del rodeo. Con voz de trueno ordenaba a sus vástagos a ver tú, le montas al toro pinto prieto, tú a este y tú a este otro. No había quien se rajara, en primer lugar porque el abuelo no admitía réplica y cuando no quedabas bien lo que más dolía era la burla de la familia y de los invitados cuando algún toro los desmontaba.
El Campeón no era de los mejores jinetes de la familia, pero se defendía. A él le gustaba andar de enamorado pues tenía muy buena presencia:
Alto, delgado y con sus ojos azules, se sentía diferente a los demás, se creía una persona especial y lo era, a mí se me figuraba con el actor Gary Cooper.
Le gustaba disfrutar de los placeres mundanos y como en su juventud tenía a sus padres y dinero de sobra se daba sus mañas para llevar una vida de complacencia. Fue el único de los hermanos que no se casó, no porque no le gustaran las mujeres sino por que más bien creo yo, eludía la responsabilidad de mantenerlas.
La hacienda disponía de una letrina para hacer las necesidades fisiológicas pero como eran muchos y se daba preferencia a las mujeres, algunos miembros de la familia tenían que defecar al aire libre al igual que peones y demás sirvientes. En el campo no hay papel, te limpias la cola con hojas de los árboles o de los matorrales o bien con piedras lisas y redondas para que no te lastimes el rabo.
2 Palemón el campeón se limpiaba con billetes por lo que muchos vaqueros y serviciales de la hacienda cuidaban muy bien a Palemón cuando defecaba para después recoger el dinero.
Presumido como era también tenía la costumbre de encender sus Cigarros Puros con billetes de a diez pesos. Uno de sus hermanos más chicos le preguntó:
–Oye Palemón ¿Por qué enciendes tus cigarros con billetes?
–Por que se me pega la gana le contestó con sequedad.
Quería ser militar por lo que pretendía unirse a las fuerzas del general Joaquín Amaro pero su padre no lo permitió argumentando que era muy joven.
La revolución mexicana se gestó en 1910 para derrocar a Porfirio Díaz; Don Porfirio Oaxaqueño de nacimiento, luchó bajo las órdenes de Ignacio Zaragoza en la Batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862 en contra de la intervención francesa, distinguiéndose por su valor; todo un patriota pero luego al asumir la presidencia de la república se convirtió en un dictador y autócrata que se hizo re-elegir nada más y nada menos que 5 veces.
Los mexicanos cansados de su dictadura se rebelan reconociendo a Francisco I. Madero como su líder que gana las elecciones, Don Porfirio huye y se exilia en París.
Victoriano Huerta dipsómano, megalómano y paranoico toma el poder por la fuerza de las armas asesinando vilmente a Madero y a su vicepresidente José María Pino Suárez.
Todo esto sucedía en el año de 1911, cuando Palemón el campeón contaba con seis años de edad.
3 Después vino el levantamiento en el norte para derrocar al chacal Huerta: Venustiano Carranza en Coahuila, Pancho Villa en Chihuahua, Álvaro Obregón en Sonora y, en el sur Emiliano Zapata.
Luego ocurrió una lucha intestina por el poder entre estos personajes y sus seguidores que se prologó aproximadamente dos lustros. En el año de 1928 Álvaro Obregón fue asesinado en la Bombilla; Palemón como no pudo ser militar frecuentaba los círculos del ejército y se hizo amigo de uno de los oficiales de la región. Tenía una especial amistad con el capitán Malacara que frecuentaba la hacienda donde era bien recibido.
El capitán no hacía honor a su apellido en cuanto a lo físico ya que se trataba de un hombre bien parecido, le gustaba visitar a la familia por que se le trataba con deferencia y por otro lado, le gustaba una de las hermanas de Palemón. Una mañana se presentó muy temprano en el rancho acompañado de 5 soldados y dijo a Palemón:
–Necesito tu ayuda para perseguir a unos desertores; me informaron que están escondidos en el Cerro de San Vicente, ese que se divisa enfrente de la hacienda.
–Yo creo que esta es una cuestión puramente militar y que tú no debes intervenir le dijo su padre.
Sin obedecerlo ensilló su caballo, se fajó la pistola y se fueron tras los desertores a quienes encontraron después de tres días bien parapetados detrás de una cerca de piedra ofreciendo una tenaz resistencia. Intercambiaron disparos y no los podían mover de su parapeto.
–Mira Palemón, estos cabrones están tan bien fortificados que ni con un batallón entero los desalojamos. Lo que podemos hacer es que nuestros soldados sigan disparando en lo que nosotros dos los rodeamos y les caemos por sorpresa.
4 Cuando lo hicieron ya los estaban esperando; Malacara con un balazo en pleno rostro falleció instantáneamente y Palemón no corrió con mejor suerte.
Recibió un plomazo de máusser que le entró por el ojo izquierdo y le salió por el occipucio. Los soldados sin tener quienes los comandaran regresaron para reportar a sus superiores lo sucedido.
Su padre al conocer la noticia sintió como se le arrugó el corazón, pero se apresuró a llegar al lugar de los hechos; allí encontró a su hijo tendido boca arriba con las moscas llenando la cuenca vacía en donde una vez estuvo su ojo azul. Con gran tristeza miró a su vástago gruesas lágrimas escurrieron sobre su espigado y tupido bigote; con lentitud se bajó del caballo, desanudó el paliacate que llevaba al cuello y limpió con delicadeza el rostro de Palemón.
Lleno de ira miró al cielo y gritó con frustración:
–¡Oh, Dios! me están matando a todos mis hijos. (Un año antes había muerto su hijo mayor también por herida de bala).
Palemón se quejó cuando su padre terminaba de limpiarle el ojo.
–Está vivo, está vivo, les dijo a sus acompañantes.
En una improvisada camilla de tosco ramaje lo llevaron a Huetamo, allí el médico les dijo que la herida era mortal por necesidad y que no tenía posibilidades de sobrevivir. Durante una semana lo cuidaron, le curaban la herida y le daban a beber leche de burra pues según decían era muy buen alimento y además todo lo curaba. Su hermano el más chico ordeñaba la burra tres veces al día y lo obligaba a tragar pues la mayor parte del tiempo estaba inconsciente. Se sorprendió cuando Palemón recobró bruscamente la consciencia al mismo tiempo que gritaba:
–No se escondan y peleen hijos de la chingada.
5 Contra todo pronóstico recobró también todas sus funciones corporales y nunca quiso usar un ojo de vidrio para reemplazar el perdido, la herida que también lesionó el cerebro nada tenía que ver con sus excentricidades pues antes de recibir del balazo mi querido tío ya tenía su personalidad bien definida.
Poseedor de una muy buena voz de tenor se jactaba de haber conocido en la ciudad de México al compositor yucateco Guty Cárdenas durante una parranda y que cantaron a dueto una de sus composiciones. Su vida fue una parranda continua porque así le plugo y se gastó su herencia en menos de lo que canta un gallo ya que no le tenía ningún respeto al dinero.
Desde joven ya le gustaba emborracharse lo que enfurecía al abuelo. Como los hermanos eran muchos, a los más chicos les tocaba dormir con alguno de los grandes, en este caso Ignacio era el que compartía la cama con Palemón que se orinaba en la cama cuando se embriagaba y de paso mojaba a Ignacio que con mucha razón le decía al abuelo que ya quería tener su propia cama, sin embargo no le hacía mucho caso.
Un fin de semana Palemón salió a tomarse unas copas e Ignacio cansado de la situación se preparó:
Le cortó una cerda a la crin de su caballo y no se quiso dormir esperando la llegada de su hermano; cuando por fin llegó en la madrugada, esperó a que se durmiera. Cuando estaba roncando y su sueño era más profundo le agarró “el pirrín” y con la crin del caballo le amarró fuertemente el prepucio. Al rato a Palemón le dieron ganas de orinar y quiso hacer lo acostumbrado: mojar la cama, pero como tenía amarrada la punta del “pellejo” no pudo y se empezó a quejar, primero levemente y luego con ruidosos gemidos lastimeros que despertaron a la familia.
6 La abuela dijo al abuelo, Palemón está enfermo ya tiene rato quejándose, párate a ver qué es lo que tiene.
El abuelo se levantó, tomó una lámpara de baterías que siempre tenía bajo la almohada y fue a ver lo que le sucedía a su hijo, lo enfocó y le preguntó:
–¿Qué tienes?
–¿Porqué te quejas tanto?
–Me duele mucho… allá abajo
El abuelo le bajó el calzón e inmediatamente le notó el miembro inflamado pero no pudo encontrar la causa, para esto Ignacio se hacía el dormido. Acucioso como era el abuelo pensó aquí hay “gato encerrado” acercó la lámpara y pudo notar la causa por la cual Palemón se quejaba.
¡Levántate Palemón! vete a la letrina y desamárrate el nudo que tienes en la punta; así lo hizo y cuando regresó con un suspiro de alivio dijo gracias L’amo. El abuelo le dio un empujón con la lámpara a Ignacio.
–Párate amiguito y espérame hincado al final del corredor.
Ignacio se levantó consciente de lo que le esperaba y efectivamente le dieron tres chicotazos que también lo hicieron gemir.
–Para que no ande lastimando a sus hermanos
A Ignacio le costó una azotaina pero obtuvo como recompensa su propio canchire.
En una ocasión nos visitó en Morelia cuando yo era un adolescente y me dijo
–Mire amiguito, me falta un ojo, una prostituta me arrancó un pedazo de mi dedo (le faltaba la primera falange del dedo de la mano izquierda) tengo una cicatriz en la barbilla que me hizo un toro al estarlo jineteando y, le voy a decir porque me dicen Palemón el campeón.
7 Mi padre o rganizó una jugada de toros para divertir a sus invitados que habían venido de los ranchos circunvecinos. Recién habían bajado del cerro a 5 toros que ya se habían jugado el año pasado a cual más de bravos y reparadores, pues los habíamos visto en el corral y no sabíamos cual era el que mi padre nos iba a asignar. Todos cruzábamos los dedos para que no nos fuera a tocar un toro barcino que le pusimos “el tigre” y lo dejaron para montar hasta el último.
Se preparó el corral para el jaripeo, se asignaron lazadores de a caballo y toreros y yo sentí como los huevos se me treparon a la garganta cuando mi padre dijo:
–Palemón tu le montas al toro “el tigre”
Mis hermanos dejaron escapar un largo suspiro de alivio y yo no tuve más que hacer de tripas corazón.
Luego mis hermanos me antecedieron con buenas montas pero no con tan buenos toros. Luego de que “el tigre” estuvo maniatado, atirantado y apretalado me le horquetié. Mi hermano mayor que era el que mejor jineteaba me vio cara de angustia y me dijo: Amacízate amigo y no tengas miedo que yo estoy contigo. Eso me dio mucha confianza y cuando soltaron al “tigre” salió reparando levantado muy alto las patas traseras al mismo tiempo que levantaba el testuz tratando de cornearme, luego hizo un giro con remolino hacia el lado izquierdo y también hacia el lado contrario hasta que se cansó.
Como no pudo desmontarme empezó a perseguir a los de a caballo, pues los toreros ya rápidamente se habían subido a la cerca, luego como los jinetes buenos saqué las manos del pretal, crucé mi pierna derecha sobre la joroba del toro y caí de pié.
Mi padre se levantó orgulloso gritando
–Ese es mi hijo Palemón
8 Los demás invitados también me aplaudieron mucho, pero lo que más me halagó fue cuando mi hermano se acercó y me dijo cerca del oído:
¡Bien hecho!
–Tú eres Palemón el campeón.
Cuando me muera no van a tener ninguna dificultad para identificarme con todas esas cicatrices y mi único ojo azul. Ese ojo azul que le relampagueaba cuando mi hermano el Gato trataba de hacerle trampa en las largas e incontables noches que nos pasamos jugando al póker.
Recuerdo cuando muy alegre me decía: mira doctorcito (por aquel entonces yo estudiaba la carrera de médico cirujano)
–Si te portas bien y no contradices a tu viejo tío te voy a llevar a “la casa del placer”. Nunca me llevó con las hetairas sin embargo por tantas otras facetas de su singular manera de ser, recordaré siempre con agrado a mi tío, que falleció en el puerto de Acapulco a los 80 años de edad, sin modificar su conducta y viviendo siempre como un sibarita.
