EL ROL DE LA MUJER ZIRANDARENSE A TRAVÉS DEL TIEMPO
EL ROL DE LA MUJER ZIRANDARENSE A TRAVÉS DEL TIEMPO.
La mujer, eterna compañera del hombre que según la Biblia fue hecha para complemento de éste, ha sido relegada en las diferentes etapas de la historia a un papel socialmente secundario, confinada a las labores del hogar, de cuya responsabilidad el varón había sido convenientemente exonerado y además, es la responsable de la concepción, crianza y educación de los hijos.
En todas partes del mundo, el sexo femenino ha librado una larga y difícil lucha para ocupar puestos significativos dentro de los ámbitos laborales y políticos, tratando de conseguir la igualdad de género, pero sobre todo, que el hombre acepte compartir equitativamente los trabajos de la casa.
Las mujeres guerrerenses en general y zirandarenses en particular, no son la excepción y quieren tomar protagonismo en todos los campos culturales, incluso en el político, ya que se están dando las condiciones para ello; pero además, quieren que se les tome en cuenta para la toma de decisiones en el hogar.
El presente artículo trata sobre el rol de la mujer zirandarense y los cambios sufridos en su condición a través del tiempo, entendiéndose por esto, el papel ejercido en las diferentes etapas de la historia, para poder establecer comparaciones y apreciaciones.
Hasta la actualidad es muy escasa la investigación realizada sobre la mujer en tiempos prehispánicos, a no ser la proporcionada por los cronistas españoles que nos dejaron notas, sobre todo, de las mujeres de alto rango, pero si se quiere profundizar, se puede recurrir a los documentos dejados por la administración colonial.
Para la época prehispánica no se puede hablar de un núcleo familiar, porque no está definido cuántas personas habitaban una vivienda, ni cuál era el vínculo entre ellas. Por ese motivo es preferible usar el término de unidad doméstica que podía comprender a una o más esposas, sus respectivos hijos y a otros miembros de la familia. Entre los varios términos usados para designar a la mujer según su estado y su edad, se tiene a la niña, la mujer casadera; la mujer casada; y la consorte del gobernante.
Desde la primera infancia, las niñas se iniciaban en el trabajo. Además de cuidar de los hermanos menores, cumplían tareas livianas recolectando diversas plantas medicinales, alimenticias o las usadas para tintes. El trabajo era dividido por género desde la niñez y esa división continuaba cuando eran mayores, según las circunstancias.
Existen discrepancias en la información sobre el matrimonio, que marcaba la mayoría de edad, tanto para el hombre como para la mujer. En unos cronistas es mencionado el hábito del matrimonio a prueba, con la posibilidad de un rompimiento de la pareja y el retorno de la mujer, con sus hijos, al seno de origen. Los hijos eran bienvenidos por significar futura fuerza de trabajo. El tener un hombre varias mujeres era considerado como una muestra de autoridad y de prestigio. Los hombres de baja condición social, sólo poseían una mujer y si el hombre enviudaba pasaba un tiempo sin ninguna, hasta que el mandatario le concediera otra. En cada región variaban las costumbres, ceremonias y formas de matrimonio.
El acto de casarse convertía al hombre en “hombre grande”. Entonces éste ingresaba al ciclo vital de la reproducción humana y a la edad de mayor prestación de servicios al régimen, y lo mismo sucedía con la mujer. El parto era considerado como un hecho natural y las mujeres daban a luz sin recibir mayor atención. Inclusive, si una mujer se dirigía a algún lugar y sentía los síntomas del parto, se apartaba del camino, tenía a su hijo y continuaba luego su ruta, después de bañar al recién nacido en cualquier arroyo y de acomodarlo a sus espaldas.
Las madres lactaban a sus hijos y no se acostumbraba, por lo general, reemplazarla; además, no cargaban al bebé para que no fuera llorón. Durante la lactancia, que duraba dos años, no eran permitidas las relaciones sexuales entre los padres por temor de que se afectara la leche o el infante se volviese débil. Cuando el bebé comenzaba a gatear, era considerado el segundo ciclo de la infancia y todos los asistentes traían regalos y luego continuaban la fiesta durante toda la noche. En el caso de personas de las clases elevadas, los regocijos se prolongaban varios días y se emborrachaban, comían y bailaban. En ese festejo el niño recibía su nombre.
La situación de la mujer variaba según el nivel social al cual pertenecía. Las mujeres de las clases dirigentes gozaban de privilegios, que las diferenciaban de las mujeres de los hombres de las clases bajas. La mujer tomaba parte activa en las labores agrícolas y era tarea considerada como puramente femenina, el agacharse rompiendo los terrones o bien para depositar las semillas en los surcos. En la construcción de las casas, sobre todo cuando se trataba de casas nuevas para jóvenes parejas, se edificaban con una división por género del trabajo, desde el acarreo de los materiales hasta la conclusión de la obra.
Las muchachas que no destacaban ni por su rango ni por su belleza, tenían que cumplir la función de ser sirvientas de las demás.
El poder era privilegio del varón en tierras zirandarenses, ya que hasta la fecha, no se ha encontrado documento alguno de que alguna mujer detentara el poder político.
La conquista española causó un profundo y violento trauma en la población indígena, trauma que repercutió en el trastorno de las estructuras purépechas. Las consecuencias a nivel de las clases sociales elevadas fue su casi total exterminio, sufriendo las mujeres de la élite el convertirse en mancebas de los peninsulares, en cambio, las mujeres domésticas tuvieron más posibilidades de sobrevivir porque se adaptaron a las necesidades de los conquistadores.
En la etapa de la colonia se puede clasificar a la mujer por grupos: de élite, mestiza, indígena y esclava. Dentro de ese conjunto se dieron roles y subdivisiones, lo que llevó a la conformación de un todo complejo y no reducible a un solo papel de la mujer. Hubo una gran variedad de condiciones para las mujeres, diferencias vinculadas con el poder, la riqueza, el acceso a la cultura y, sobre todo, con el grupo étnico al que pertenecían.
En ese período, en Zirándaro no vivían las mujeres de élite ni las mestizas; la mayoría eran indígenas y algunas esclavas. El rol de las indígenas varió según fuera su puesto dentro de su sociedad, ya que fue distinto ser una india de élite que una india normal.
Después de la llegada de los españoles, fueron ellas las encargadas de transmitir los rasgos tradicionales de la cultura indígena como fueron: las tareas domésticas, el comercio, el vestido, etcétera. Con la imposición de la monogamia, se desestructura su sociedad y muchas mujeres quedan en el abandono. También aumenta la mortandad de indios por los duros trabajos en las minas cercanas, y por ello sus esposas, lo mismo que las abandonadas, debían buscar trabajo. Se emplearon principalmente como amas de casa, donde adquirieron cierto poder y se hicieron necesarias, trabajaron en haciendas, en el campo, como molenderas y lavanderas; pero también fueron parte activa en el comercio. Por este camino, aprendieron a usar la moneda y conocieron el idioma español, incluso antes que los mismos indios.
Así, el papel de la mujer indígena en la colonia estuvo determinado por las necesidades y ambiciones de los ibéricos y de la corona española.
En los movimientos armados, como fueron la independencia y la revolución mexicana, la intervención de la mujer ha sido poco estudiada y valorada en comparación con la de los hombres, ya que su actividad fue igual de importante que la realizada por los varones, incluso, muchas veces más pesada y con mayor número de responsabilidades.
En estos movimientos sociales, hubo un gran número de hembras que no solamente ayudaron tanto a soldados como a insurgentes y revolucionarios, sino que también se lanzaron a la lucha.
Su labor era la de proveer a los soldados o rebeldes, quienes por lo general eran sus esposos, amantes o padres, con el alimento que necesitaban, ropa limpia, y el cuidado necesario en caso de que fuera herido; como si fuera poco todo lo que las soldaderas tenían que hacer, cuando las tropas viajaban en tren, ellas junto con sus hijos debían viajar afuera o sobre el techo de aquél; debían transportar las provisiones y elementos para cocinar junto con las armas cuando viajaban a pie, sin siquiera tener el derecho de ir a caballo, pues ese privilegio estaba reservado para los hombres solamente. Aun cuando las soldaderas estaban embarazadas, seguían acompañando a los soldados y cuando debían dar a luz se detenían para ello, descansaban por poco tiempo y seguían.
La mujer zirandarense vivió en carne propia todo esto, ya que muchas fueron primero seguidoras de José María Morelos y luego de Vicente Guerrero, así como de personajes de la revolución mexicana.
Después del último movimiento social armado, en el resto del siglo XX, las mujeres zirandarenses mejor posicionadas económicamente las encontramos como cónyuges de los hacendados y de los caciques del pueblo, quienes eran dueños de la riqueza que producían los campesinos, además de vidas y honras de las mujeres casadas y solteras.
Las esposas de estos terratenientes eran amas y señoras en el hogar; sus funciones eran: criar a los hijos, manejar los asuntos domésticos y velar por el cumplimiento y enseñanza de los valores culturales y morales; además, en ellas recaía la responsabilidad de mantener la honra de la familia.
El matrimonio era el momento clave de su vida y para ello era preparada desde niña. Debía ser dócil, respetar la autoridad del marido y vivir confinada en su casa. Para conseguir éxito en ese modelo, la educación de las niñas era confiada a religiosas, educándolas en un esquema de sumisión. Muchas ingresaban a conventos, atraídas por el interés de consagrarse a la fe, o tal vez por un embarazo no deseado o para escapar de un matrimonio impuesto. El colegio de monjas era un lugar donde la mujer podía instruirse libre de la autoridad masculina.
El rol público de la mujer era acompañar al marido, realizar algunas obras de beneficencia a los pobres y asistir a misa, que en ese entonces era un verdadero centro social femenino. Al enviudar eran ellas las que tomaban las riendas en los negocios y administración de los bienes; si lo hacían con éxito, ingresaban al mundo masculino y a las relaciones con las instituciones.
El resto de las mujeres del pueblo, tuvieron que dedicarse al comercio, al trabajo doméstico y al campo. Si bien el matrimonio constituía un ideal dentro de sus vidas, éste no tenía el grado de complejidad que existía entre los hacendados, pues no estaba en juego un gran apellido, ni había un linaje que cuidar. Esto dio mayor cabida al matrimonio por sentimiento. Debido a esto, las jovencitas no debían preocuparse tanto por mantener su honra, aunque esto siguió siendo un ideal presente. Su educación la recibieron de algunos maestros, pero la mayoría desertaba de la escuela, ya sea para trabajar o para casarse, dejando inconclusa su educación primaria; también obtuvieron su instrucción a través de la catequesis y la práctica del trabajo.
Mención aparte merece la mujer del campo, ya que era la primera en levantarse y la última en acostarse. Era una mujer de mirada triste e incansable, que desde muy temprano se ponía a preparar la comida: desgranaba el maíz, lo ponía en un molino para triturarlo y después agregando un poco de agua, obtenía la masa para hacer las tortillas. Aquí hacía un alto para prender la chimenea que generalmente era de barro y de ladrillo y que constaba de dos partes: el comal donde se cocían las tortillas y el fogón que tenía uno o dos agujeros en donde se colocaban las ollas para poner los frijoles y el otro para cualquier otro guiso; iba por la leña, la atizaba en los hornitos de la chimenea y cuando ya tenía buen fuego, comenzaba a echar las tortillas en el comal, y para que no se le quemaran las tenía que voltear con los dedos aunque ella sí se quemara, para después depositarlas en un cesto tejido al cual se le conoce como petaca.
Enseguida alimentaba a los niños y los encaminaba para que fueran a la escuela; terminaba de cocinar, lavar trastes y luego preparaba en algunos de ellos el alimento que debía de llevar a su esposo que ya estaba esperando el frugal almuerzo en el potrero y ahí se sentaban los dos bajo la sombra de un árbol para comer tortillas con frijoles y un pedazo de queso, si bien les iba y la infaltable salsa bien picosa; para quitarse el ardor, tomaban agua de un guaje que usaban para mitigar la sed. Cuando no había niños, la mujer ayudaba a su marido tanto a barbechar como a cosechar, trabajando al parejo como si fuera un hombre y jamás de sus labios se oyó queja alguna.
Al terminar su labor, la pareja se acuesta un rato a descansar, pero ella no tiene tiempo de eso, aún hay que lavar ropa, plancharla y hacer la comida y la merienda. Cuando regresan los niños de la escuela, tiene que atenderlos, dándoles de comer y acarrear agua del arroyo más cercano. Finalmente en la noche todavía tiene que cumplir con su marido que la requiere como mujer y no puede negarse, a pesar del cansancio que ya le cierra los ojos.
Esta mujer no conoce pinturas, joyas ni perfumes como la gente de la ciudad; las únicas fragancias que conoce son las que tienen las flores silvestres y las inhala porque le gusta su aroma encantador, siendo además el único adorno que le permite a su cuerpo, maltratado por el tiempo y por su marido que no deja de golpearla cuando llega borracho. Aun así, siente quererlo porque es el padre de sus hijos y siempre lo perdona; su amor hacia él es puro, sin hipocresías, aunque le haya tratado mal; su fe en Dios es mayor que el orgullo de los demás y así trata de encontrar la felicidad.
Así, al término del siglo XX, la mujer zirandarense se encuentra sometida por un machismo exacerbado por la ignorancia y los vicios, aunque ya empezaban a vislumbrarse ciertos signos de emancipación, tratando de lograr una participación igualitaria en todos los sectores para obtener un reconocimiento pleno a sus tareas y desempeño.
En el despertar del presente siglo, la mujer actual de Zirándaro, Guerrero, se desenvuelve en un medio que les estimula a la persecución de nuevas metas, los espacios ganados en los terrenos que en un tiempo les fueron vedados y las facilidades que se han generado a través de las nuevas dinámicas en que la sociedad desarrolla actitudes distintas de participación, le han permitido al sexo femenino acceder a nuevos esquemas de realización de sus potencialidades, demostrando en todos los ámbitos que no sólo iguala la capacidad del hombre, en algunas actividades las supera.
Fue la mujer la primera en darse cuenta que sólo con educación se podía salir de ese entorno tan adverso para ellas, por eso empezaron a mandar a sus hijos a estudiar a otra parte, tratando de que alguno fuera un profesionista aun con la oposición del marido, ya que éste se resistía para que las hijas se fueran a estudiar, argumentando que pronto se casarían y era tirar el dinero que simplemente no tenían. El hombre se deslindó irresponsablemente de pagar los gastos que originaban la educación foránea, siendo la mujer la que buscó la manera de enfrentarlos, llevando trabajo a su casa como lavar, planchar y coser ropa ajena, vender leña, oro, ropa y en otros casos aguas frescas, comida casera; unas trabajando en casas como sirvientas y otras en el comercio. Es por eso que la mujer actual, es madre, esposa, profesionista, educadora, deportista, compañera, amiga, comerciante, cantante, pero sobre todo, pilar fundamental de la familia.
Apreciar y aquilatar el rol de la mujer zirandarense hoy en día, es el papel más importante que tenemos como hombres. Redistribuir las responsabilidades, privilegiar el papel de madre en la mujer y resaltar la importancia que adquiere para formar las nuevas generaciones. Respetar y contribuir para que alcance las perfecciones a las que su ser está llamado, porque finalmente nos hemos dado cuenta que sin la mujer no podríamos existir.
