LOS PALOS AGRIOS
LOS PALOS AGRIOS
Iniciaré mencionando aquel verso de sor Juana Inés de la Cruz que dice: […porque queréis que obren bien, si los incitáis al mal.],
me refiero al hecho de que uno termina incurriendo en el error, provocado por la imitación por interacción, es decir, uno de guache pagó el noviciado impuesto por la ley de la costumbre o pudiera decirse por la educación de la costumbre, dado que nuestros padres nos indujeron al vicio desde recién nacidos, ya que si te salía salpullido te echaban alcohol para que se te secaran los granos, luego creces tantito y te daban gelatina con rompope, huevos con jerez, Gerolán y jarabe de cirián para la tos, te traían borrachitos de San Lucas, cajeta envinada, además cuando mataban cuche a la hora de los pilinques, a quien sus padres no les dieron un buche de cerveza bien fría o de mezcal curado, dizque para que hiciera buena digestión y no nos hicieran daño las carnitas y el frito, claro, hay quien tenía con queso las gordas y daban “Anís del Mono o un Oporto, sin dejar pasar que al ir a misa la hostia venía remojada de vino dulce de consagrar, incluso al ponerte una ventosa y cuando te daba calentura fuerte, te quemaban las patas con alcohol, para que disminuyera, no se diga cuando alguien se cortaba o bien se desmayaba, luego, luego le untaban el refino, a la hora de ir a cortarte el pelo y rasurarte también lo hacían, es claro que la cerveza, el vino, las bebidas, los licores, el mezcal y el alcohol no siguen a todas partes y uno a veces pues necesita mandar un telegrama al hígado. Por otra parte, quiero señalar que de guache me tocó presenciar las jugadas de conquián que se realizaban en el pasillo de la casa de mi abuela, donde al pie de un aparato de petróleo de esos de tres mechas, transcurrían veladas inimaginables de alegatas, risas y enojos, llenas de tizne, toda vez que los jugadores y las “mirandillas” terminaban todos ahumados y apestosos a chochos o a petróleo, fue allí precisamente cuando a mandato de mi abuela iba a prenderle al fogón su cigarro de hoja o de aquellos llamados “Alas Verdes” (Alacranes les decían), ya que no le gustaba prenderlo en el aparato por la pestilencia que éste expelía, no sé si me acuerdo cuántas veces le prendí cigarros, el caso es que para hacerlo tenía que chuparle, a fin de que encendiera y allí me quedó el sabor del tabaco natural del cigarro de hoja y como dicen “de allí p´al real”, al grado que ya un poquito más grandes nos escondíamos en la torre de la iglesia a fumar nuestros “fiesta”, al principio hasta nos vomitábamos, pero al final seguimos chupando, por eso ahora me digo “cómo querían pues que la fruta saliera dulce, si los palos eran agrios”.
